Nota aparecida en : Diario
Clarín, Lunes 20 de mayo de 1946
El
alma de la ciudad
Así
como un barrio pronuncia el espíritu de una zona suburbana, expresa el acento
típico de un sector ciudadano. Buenos Aires, ciudad de anunciaciones, fervores
y cariños diversos y hasta antagónicos, tiene calles que conforman verdaderas
síntesis de urbes, Boedo calada en Almagro, barriada intensamente poblada y de
numerosos afectos porteños, es un ejemplo incuestionable y hasta típico de lo
que afirmamos.
Resplandor
en la isla
Boedo
es de pronto (calle ahondada en ternura en sus numerosos perfiles) la
demarcación delimitada del “centro” y las “orillas”. No es precisamente
“orilla” en lo expresivo típico popular, ni siquiera suburbio en la
nomenclatura ciudadana. Fue y continúa siéndolo no obstante el lavado de cara
que los tiempos han ejercido sobre sus facciones, una isla en medio de la
multiplicidad abigarrada de la ciudad. Ladeada en su acera que mira al sur, la
barriada marca a su carácter diurno y nocturno en los cafés y salas de espectáculos.
Zapatería, tiendas, boliches de cigarrería, bares que antes eran almacenes y en
los que aún se lucen los festejados estaños, donde levantan su cuello de
elegantes cisnes las canillas que peinan el rulo rubio de la cerveza y
parroquianos con acentos inconfundibles, ya bien españoles (catalanes, vascos,
andaluces, gallegos) o italianos del sur de la península (calabreses,
sicilianos, etc.) formaban el conjunto dinámico y pintoresco de la calle en una
vereda. Esa vereda era y es todavía el resplandor en la isla.
Boedo
pequeña urbe
¡Cómo
no debía ser así! Boedo era una síntesis de la ciudad que formalizaba su
progreso; un anticipo victorioso del cosmopolitismo porteño: testimonio
irrefutable de ese andar en el tiempo que confirmaría más tarde una caracterología
ciudadana. Boedo en sus escasos metros que van desde Independencia hasta San Juan,
se ganaba el nombre de un club de futbol: San Lorenzo de Almagro. Y en lo que
es específico del hincha. Se nos ocurre que esa tipicidad natural ahora de todo
Buenos Aires, nació en Boedo. Todo puede ser. En Boedo hizo sus primeras letras
de pizarra el primer grupo de escritores y poetas que afinaron su inquietud en
los problemas sociales y políticos de nuestro tiempo. Elías Castelnuovo,
Leónidas Barletta, Álvaro Yunque, Gustavo Riccio, César Tiempo, Enrique y Raúl
González Tuñón, Nicolás Olivari, Lorenzo Stanchina, Roberto Mariani y otros más
formaron esa primera avanzada de la literatura de izquierda en nuestro país,
frente al grupo novisensible, europeizante, ultráico y “ramonesco” que acampaba
en Florida y su revista “Martín Fierro”. Desde Boedo se irradiaron “Las Grandes
Obras” y “Los Pensadores”. En Boedo bajo el auspicio de José González Castillo
se ordenó la Peña “Pacha Camac”. Y desde Boedo su hijo Catulo Castillo le dio a
la urbe aquel tango que tardará mucho en igualarse: “Organito de la tarde.”
Una
escapada lírica
Si
los nombres de Luis y Enrique Monti, Omar, Maglio, Carricaberry, Diego García,
Arrieta, Fossa, Lema y Lindolfo Acosta sumaban nombradía a Boedo, no fue menos
efectiva, la que le brindó el inquietante fervor de un cantor popular que se
llamó Dante Linyera, espíritu noble, generoso, que se dio y volcó entero en su
amor al pueblo. Y quien precisamente con Julio De Caro, testimonió su cariño a
la calle en un tango que la festeja “Boedo”. Junto a ese dibujo lírico de lo
popular, se levantan inolvidables los versos de “Yacaré” acuarelista auténtico
de nuestro suburbio que no necesitaba del micrófono para decir su copla de
afecto, colorida y resuelta en típicas y pintorescas expresiones populares.
Martín Castro, payador de fama, entonces supo también andar por Boedo y glosar
entusiasmo con sus versadas disconformistas, así como Luis Acosta García
coplero y guitarrista que marca la transición en el proceso que sufre la
canción popular. A Boedo tampoco le faltó el cultor del tango, aquel que solía
entreverar sus “cortes” y “quebradas” entre los más famosos del Mercado de
Abasto “La Lora” o “Tarila” por ejemplo en “El Gato Negro” de Boulogne Sur Mer
, en “El Primo Círcolo Mandolinístico Italiano” de Corrientes o en el
“Excelsior” y el “Marconi” de los famosos concursos de tango que se realizaban
en los Carnavales y en los cuales ejercía función monitora el no menos famoso
“Cachafaz”
Calle
de una sola vereda
El
prestigio de la vereda que mira al sur tenía su cuño resplandeciente en el
quiosco instalado en Boedo e Independencia, especie de cabina octogonal que
exhibía en sus vidrieras la literatura más en boga: diarios y folletos de
filiación anarquista que hacían el proceso de los hechos más salientes en el
aspecto social y político de la hora. ¡Cómo no recordar ahora aquellas largas
tiradas y requisitorias de la época de Vasena y la Semana de Enero! El quiosco
surtía esa literatura como quien de pan a los pobres. Y marcaba un hito en la
acera del resplandor sobre Boedo. Los hinchas de San Lorenzo tenían su fogón de
aprontes en los “Japoneses” de San Juan y Boedo y de Boedo y San Ignacio.
También solían agitar sus entusiasmos “Santos” en el “Dante” donde hacían su
recalada nocturna, al filo de la madrugada, los cultores del firulete tanguero
que entretenían sus ocios haciéndole decir la copla repentista a “Pajarito” un
personaje típico de Boedo, viejo lustrabotas con ingenio popular y verba
dicharachera de picaresca porteña. O a Francisco, más joven que “Pajarito” de
la misma profesión y que prolonga su fama del improvisador callejero. En esa
misma acera hacia San Juan estaban “Los Andes” bastante nuevito entonces, el
“Cine Moderno”, “La Alegría” que era la cenicienta de Boedo y que hoy remozado
se llama pomposamente “Select Boedo”. Y donde en la actualidad enarca su ceño
de angustia, edificio marmóreo y hierático el “Banco Municipal de Préstamos”
entre Carlos Calvo y Estados Unidos, tenía existencia feliz, oronda y bulliciosa,
el baldío que de pronto de la noche a la mañana configuraba su vida en una
kermesse ruidosa o en una calesita que servía de mundo a la infancia de los
alrededores.

Boedo hora ha perdido muchas de las cosas que lo
tipificaban como una pequeña urbe. Sin embargo “el ciclón” “los gauchos” o “los
santos” de Boedo le prestan todavía notoriedad. La conversación nocturna en el
“Dante” o en los “Japoneses” estira su fama. Si ayer fue el nombre de
Carricaberry el que llenó de sueños la imaginación del “hincha” de los Monti,
de Omar, de Arrieta, de Fossa o de Acosta; si hasta hace poco el corazón del
vasco Lángara arracimaba el fervor del Boedo futbolístico; hoy es el nombre del
rosarino Pontoni el que entona el espíritu de la barriada, Y más que la
barriada, de Boedo, la calle que pese al progreso continúa latiendo en la
vereda que mira al sur.